Las bodas con la pulsión (*)

Enrique Acuña

 

Señalo que como siempre los casos de urgencia me enredaban mientras escribía esto. Escribo sin embargo, en la medida en que creo deber hacerlo, para estar al día con esos casos; para hacer con ellos el par. J. Lacan

«La angustia siglo XXI» es un tema que pusimos en juego en el programa de las Conferencias hospitalarias el año pasado, porque hay una permanencia de temas freudianos y lacanianos en relación a diagnosticar la situación de cada «época». La angustia es un antecedente a este segundo eje que vamos a tomar este año que es la pulsión. La angustia siglo XXI, se podría matizar con la vieja pulsión y el accionar del psicoanálisis frente a ella. Cómo se responde frente a esto que uno podría definir de entrada como un «hecho vacío de palabras», pero que tiene en tanto hecho, una estructura posible, potencial de articularse a lo inconsciente.

¿Vivir la época o vivir la pulsión?

En el programa del curso de verano, la pulsión aparece al final con relación al síntoma porque pensamos en el recorrido de la experiencia con el analizante. Se comienza por sacar a un sujeto de su pertenencia como individuo de una masa y que no es sujeto del inconsciente aun. Porque cuando viene alguien a vernos, lo hace como persona que es parte de un colectivo social con determinados ideales, con una teoría de lo que va a ocurrir en el análisis, ya están moldeados por la significación social en la medida que el psicoanálisis ya fue incorporado por la cultura. El analista extrae al sujeto de esa masa de individuos, por eso el tema de la segunda clase es «La sociedad angustiada». Luego seguimos con «Los nombres del yo: la falsa identidad» que se refiere a que esos individuos vienen ya nombrándose con respecto a que hacen un diagnostico de su malestar, pero se nombran en tanto yo, con los nombres que el otro social le da a su malestar. Estos nombres son un listado de clasificaciones como ataques de pánico, adicciones, etc. Son atribuciones del yo, pero son falsas identidades, por eso requiere distinguir la identificación a otra cosa, ello supone algo que es un resultado, una operación de nombrar. Luego la cuarta clase «Los nombres del Otro -una creencia que sabe»- quiere decir, que a este sujeto extraído de la sociedad que había sido individuo y que ahora es sujeto del inconsciente, se le supone una creencia en el inconsciente que permite descifrar ese malestar. La última clase se trata de la experiencia del fin, de la articulación del síntoma con la pulsión, del síntoma en tanto es un nombre del Otro del inconsciente, no es el nombre del otro social. Se toma el vacío pulsional de un modo diferente, y hay que ver si reduce la pulsión. Es el problema de si la pulsión es una reducción, un resto al final de la experiencia en tanto desimaginariza el teatro yoico y causa un desmontaje de la pulsión. Quiere decir que se ha montado en la entrada en la creencia con el Otro, se ha dicho algo de ese hecho vacío, y luego se ha desmontado, se ha perdido el brillo de ese montaje.

El Otro barrado: angustia o síntoma

Titulé la primer clase «Presentación y orden de razones: el Otro barrado». Se trata de cómo se juega una dialéctica entre un primer momento sin sentido -es la angustia causada por el movimiento de la pulsión alrededor de un vacío- y un segundo del montaje de un relato significante que des-angustia. ¿Qué es la pulsión en una determinada época? Lacan lo dice irónicamente «¿cómo vive una época la pulsión?, de modo que lo mortífero es vivificante según de donde uno lo mire, y se disuelve así la idea de que el modelo pulsional freudiano es oposición entre pulsión de vida y pulsión de muerte. Mejor se traza como una banda de Moebius donde se disuelve el dualismo, vida y muerte son un verso y reverso. En nuestros esquemas didácticos, pensamos el modelo pulsional como un sistema dualista que implica formulaciones de opuestos. Mientras que en un sistema topológico como el que intenta localizar Lacan -por ejemplo con el ocho interior donde el objeto es externo e interno a una cadena- se trata de la construcción de un sujeto que está dentro y afuera según la perspectiva. De ese modo pulsión de vida y pulsión de muerte se juntan en la frase «vivir la pulsión». La segunda pregunta es si puede haber síntoma sin inconsciente. Es correlativa a un desarrollo que hace Laurent acerca de que nuestra época es delirante porque se plantea como normal que puede haber conflictos sin interpretación, se ha perdido el espíritu crítico del conflicto. En un artículo titulado «El delirio de un inconsciente sin síntoma», retoma aquello de Lacan que todo el mundo está loco, que todo el mundo delira, porque el conflicto no es interpretable, significa que hay momentos en la historia de las ciencias donde las respuestas al conflicto empiezan a ser otras que no sea la interpretación del síntoma por el lado de un Otro que descifre. La subjetividad de una época no está determinada por las condiciones del psicoanálisis, sería confiar demasiado en el discurso analítico. Existe la producción del sentido por otros discursos. En «Una fantasía», conferencia incluida en el libro Punto Cenit- Política, religión y el psicoanálisis– de J.-A. Miller, diagnostica la época en la que no hay una prevalencia de los ideales por sobre los sufrimientos y satisfacciones de cada uno. Esta era la confianza freudiana en El malestar en la cultura, que el aparato cultural iba a producir símbolos que domestiquen las pulsiones. Miller toma como contrapunto a esta idea freudiana un texto de Lacan, de los años ´70, «Televisión», donde dice que lo que caracteriza a la época es la famosa elevación al «cenit social del objeto a». Ahora, en la época de la tecno-ciencia, para todos hay objetos técnicos que dan satisfaciones sutitutivas.

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Lacan invierte el planteo freudiano y la pulsión como objeto «a» pasa a prevalecer sobre el ideal, objeto «a» en términos de un objeto técnico que viene a suturar cualquier división. El psicoanálisis se debe adecuar a esto. Ya no hay un analista simbólico como el freudiano que domesticaría con palabras el agujero de la pulsión, ni tampoco un analista solamente imaginario que daría sentido a todo. Un analista debería responder desde lo real, es decir de lo que no esta aun nombrado. Si bien Miller plantea esta época comandada por objetos técnicos, no pierde de vista que perdura el síntoma, entonces hay un analista que responde como sinthome, que pone en juego tanto lo simbólico, lo imaginario como lo real, que tiene que manejarse con los objetos técnicos. Ejemplo de esto es que un analista no puede evitar la posibilidad que su analizante, a veces, recurra a los psicofármacos, y tiene que responder a eso. Si es verdad que es una época en la que hay un empuje, hay que ver por qué se utiliza esa palabra. Freud usa la palabra drang para esto.¿Porque habría un empuje a consumir estos objetos técnicos? ¿Por qué Freud diferenciaba el trieb pulsional, el Instinct del instinto del drang del empuje que tiene el movimiento pulsional?

La balanza de los nombres sinsentido

Se puede situar y diagnosticar esta época como balanza. Una balanza que oscila entre el empuje a un infinito sentido, y un efecto reaccionario a ese infinito. La reacción a este empuje es la época de la evaluación, que podría tener dos ejes; el de las clases y el de las leyes en el sentido jurídico, son dos formas de limitar ese empuje en donde el sentido podría desencadenarse al infinito. Este infinito del sentido no es «tengo más objetos técnicos», es «tengo infinitos sentidos» como algo que yo puedo usar ad hoc, a disponibilidad. Como si hubiera una estructura cuya disponibilidad significante fuera infinita. De modo que nuestra época oscila como un péndulo dialéctico entre:

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Tenemos este universo del «infinito femenino» que supone la ilusión que hay goces muy diversos sin límites. Por eso es una época cuyo paradigma sería «adictivo» porque ofrece infinitos sentidos como los objetos técnicos disponibles que no necesariamente son las sustancias, la droga, sino el consumo del sentido. Pero resulta que el mismo dispositivo del psicoanálisis puede favorecer ese goce de sentido como un bla, bla, bla.

A contragolpe surge «la ideología de la Evaluación» (Jean-Claude Milner) que complementada por las clases y las leyes jurídicas, le dice al sujeto «este es tu nombre» y a la economía del mercado que ello satisface. Objetos disponibles quiere decir para mi centro de invención del lenguaje, no uno para cada uno, sino cualquier sentido disponible al infinito. Es un problema porque la feminización del universo actual sería como disponer de infinitos sentidos que permitirían goces infinitos, una paleta de muchos colores para poder gozar. Frente a ello esta la jaula del lenguaje clasificatorio que viene de una suerte de ciencia. Si a la multiplicidad de goces y sentidos se oponen la multiplicidad de nombres, se podría decir que hay una relación simétrica y especular entre el infinito femenino y las infinitas clasificaciones.

Hacer pareja con la pulsión

Lacan ha tomado muchas veces la palabra urgencia, como «urgencia subjetiva» que se caracteriza por la ruptura de una cadena simbólica, o sea que alguien que había vivido su vida más o menos con un cierto tempo narrativo de sí mismo, como una psicopatología cotidiana, irrumpe en un silencio, corte de un antes y un después, un agujero que rompe su narración. En el «Prefacio a la edición Inglesa del Seminario 11» va a decir que hay un inconsciente transferencial, significante y otro real a partir del es pulsional freudiano. La estructura significante esta comandada no por el significante sino por el objeto. En el capítulo «La sexualidad en los desfiladeros del significante», del Seminario 11 presenta el es pulsional freudiano como la realidad sexual del inconsciente. El es pulsional ocupa un lugar, se puede escribir, por eso el sujeto es una topología de un ocho interior, es un borde de lo que queda por decir y a la vez una representación opaca. Si hay un inconsciente real y un inconsciente transferencial, el real aparece en la transferencia como obstáculo. Freud lo describió sin representación. Lacan puede homologar la estructura de la pulsión con esa topología del sujeto, por lo que va a decir que Freud nunca habló ni de la pulsión como un instinto, ni tampoco como un trauma, sino que le dio más importancia al trieb del que dice que tiene un punto de partida y una meta, trayecto en el que hay un orificio y un borde, y que lo que empuja es el drang que lleva a encontrar nada. Lo que interesa en esa meta, al bordear eso, es crear un espacio vacío.Todo eso genera un vacío, como el que hace el alfarero cuando crea el borde de un espacio. Si alguien quiere satisfacerse en lo pleno, apenas se vuelve pleno resulta que es necesario volver al vacío para mantener el deseo vivo. Lo que sabe un adicto es que cuando no hay más droga hay una satisfacción paradójica, a la que tiende ese movimiento pulsional, que va de lo pleno a lo vacío y hace que la pulsión se satisfaga en su recorrido y no en el objeto logrado. Cuando Lacan plantea la «urgencia subjetiva», dice que el inconsciente es un espacio del lapso, que él encontró que lo urgente en un psicoanálisis tiene que ver con eso, con que alguien hable dividido. Estamos en un momento de la enseñanza de Lacan en el que se trata de hacer el par, quiere decir entenderse y estar de acuerdo, al fin por ejemplo, síntoma y pulsión. El fin supone el acuerdo del síntoma con esa pulsión, aceptar que puedo ser pareja de mi síntoma, lograr un cierto acuerdo con eso que parecía su horror.

De ahí también el problema del valor de ese hecho pulsional, porque si me pongo de acuerdo con la pulsión, no la justifico, acepto que fui cómplice de haber gozado de eso, pero no se domestica nada, porque eso si sería estar del lado de la evaluación, de las leyes, etc. Si acepto que ese infinito con el cual soñaba que me provoco el síntoma, es «un par» con el cual tengo un acuerdo, hay un artefacto acordado.

La pulsión como tesoro significante

«Subversión del sujeto…» es un escrito que alegoriza en el grafo del deseo el recorrido de un análisis. Acá se comienza, acá se termina, se pasa por la angustia, se pasó por el S (A) tachado, etc. El título de la clase «S (A) tachado» tiene que ver con el modo en que Lacan va a mostrar en ese grafo, como se atraviesa la pulsión y la angustia. Hay dos indicaciones interesantes, la primera es que en el grafo tres dice que alguien se hace preguntas durante un análisis y encuentra respuestas, más o menos dolorosas y sufrientes, o sea que la pregunta que puede hacer alguien en un sueño tiene una respuesta en un fantasma a veces; entonces pone del lado derecho del grafo las preguntas y del lado izquierdo las respuestas. En la parte superior ubica lo que ocurre cuando uno entra a un análisis y en la parte inferior lo que ocurre cuando uno está como individuo en la masa, apretado por el ideal social. Llamé S(A) tachado a esta primera clase porque un análisis comienza cuando un sujeto cree en el inconsciente. Pero si esto queda en el primer piso del grafo es una psicoterapia, inmediatamente va hacía un ideal social. Un análisis puede empezar cuando alguien habla, desprende un significante y el inconsciente empieza a responder con algo enigmático que es un deseo. Y este deseo como enigma, se transforma en una demanda pulsional. En «Subversión del sujeto…» hace un grafo tres, en donde al enigma del deseo se responde con un fantasma y otro grafo completo donde dibuja la demanda pulsional a la que se responde con el S (A) tachado. Si vivo alegremente la moda de la época, S(A) tachado es angustia, si estoy en análisis S(A) tachado es la experiencia de la falta de un significante que nombre a todo el conjunto de significantes. Podríamos leer ese momento de Lacan a partir de las dos vías posibles de la experiencia del S(A) tachado: como una experiencia de la falta de significante en el análisis, y como la experiencia de la angustia. La experiencia de la falta de significante –impotencia- termina en angustia. Luego dice: «el grafo inscribe que el deseo se regula sobre la fantasía así establecida, homólogo a lo que sucede con el yo respecto a la imagen del cuerpo». O sea que ese fantasma esta regulando el deseo como se regula el yo con la imagen del cuerpo. Pero lo único que se puede hacer si no se introduce el deseo del analista como diferencia – para que no respondan con el cuerpo y la imagen, ni el deseo igual fantasma- es psicoterapia. Continua: «Digamos para proseguir la metáfora de Damourette y Pichon sobre el yo gramatical aplicándolo al sujeto al que está mejor destinada, que la fantasía, es propiamente «paño»de ese yo (je) que se encuentra primordialmente reprimido por no ser indicable sin el fading de la enunciación (…) Se concibe mejor en nuestra deducción que haya habido que interrogarse sobre la función que sostiene al sujeto del inconsciente, al observar que es difícil designarlo en ninguna parte como sujeto de un enunciado, por consiguiente como articulándolo, cuando no sabe ni siquiera que habla, de donde el concepto de la pulsión donde se la designe por una ubicación orgánica, oral, anal, etc. que satisface esa exigencia de estar tanto más lejos del hablar cuanto más habla».

El psicoanálisis como un par

Si uno está en análisis todo enunciado puede remitirse a una enunciación, a otra cosa que no está dicha. De modo que toda exigencia de sentido va a ser imposible de satisfacer porque ya el lenguaje esta duplicado entre enunciado y enunciación. Es decir que en análisis se experimenta que la exigencia pulsional de la demanda, su sed de sentido, no va a ser satisfecha: hay algo lógicamente imposible. Termina diciendo: «Pero si he hecho un grafo completo nos permite situar a la pulsión como tesoro de los significantes». Lo llamativo es que cuando todos creíamos que el tesoro del significante era el A, es la pulsión donde está el tesoro del significante, pero en la medida en que reduzco el goce a la castración, o sea limito la exigencia de la pulsión, su anotación como S tachado ($) rombo demanda (D).

La división del sujeto frente a la exigencia de la demanda pulsional, supone que esa D pide más y por lo tanto divide. Por eso la demanda pulsional no es solamente demanda de decir sino de hacer, la compulsión lo dice en la frase «no puedo dejar de hacerlo». «No puedo dejar de decirlo» sería un segundo momento. Finalmente sería «No puedo dejar el análisis», cuando el análisis se vuelve esa alteración de sentido adictiva. Entonces, el famoso diagnóstico de la época como adictiva, hay que pensarlo no solo por el lado de sustancias químicas, sino por la sed de sentido, que se limita porque en el fin, se cambia de discurso como se cambia de raza: se satisface con el psicoanálisis como un nuevo par.- (*) Clase inaugural del Curso de Verano Síntomas sin inconsciente? El psicoanálisis no sin el Otro -Clínica de la angustia al deseo- dictada el miercoles 6 de febrero en la APLP bajo el título: «Presentación y orden de razones. El Otro barrado.»

 

(*) Clase inaugural del Curso de Verano ¿Síntomas sin inconsciente? El psicoanálisis no sin el Otro -Clínica de la angustia al deseo- dictada el miércoles 6 de febrero de 2013 en la APLP bajo el título: «Presentación y orden de razones. El Otro barrado.»

Establecimiento Marcelo Ale

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